Gustavo Cerati y Daniel Melero se conocieron muy a principios de los años 80. Cerati todavía estudiaba Publicidad en la Universidad del Salvador (y conformaba allí, un grupo lo suficientemente dispar como para llegar al estrellato, entre los que se contaban: Héctor Zeta Bosio, Carlos Alfonsín, Ramiro Agulla, Alfredo Lois y Mario Pergolini). Melero, por su parte, todavía vivía en la casa de sus padres en Flores, la que usaba a veces, para ensayar. A falta de recursos para comprar los equipos convencionales para hacer música electrónica, Melero hacia manualidades: grababa sonidos del lavarropas de su madre en cassettes TDK y luego cortaba y pegaba los pedazos de cinta. El loop estaba armado y sin tener que comprar un sintetizador Korg con bancos de memoria. Melero escuchaba todo el día Low de David Bowie, disco fundamental de muy finales de los 70s, que transformaría, entre otros discos, su forma de escuchar música. Al respecto, cuenta Melero: “A las fiestas iba con mis discos de Bowie, Eno y Roxy Music, y mis amigos no me dejaban ponerlos. Mucho después, inclusive cuando intentaba ser músico, tenía el mismo problema con la gente con la que me empezaba a juntar. Parece increíble, pero en el ‘80 o en el ‘81 aquí todavía se escuchaba a Genesis. Ningún amigo mío había oído a Eno en la década del ‘70. Cuando tuve Evening Star, en el ‘76, fue como si escuchara música por primera vez” Era difícil que en una escena tan pequeña como la del under porteño, Cerati y Melero no fueran a terminar cruzándose. Cerati quería armar un grupo hacia tiempo, escuchaba los primeros discos de Roxy Music y la New Wave extasiado, y quería trasladar esa impronta a un disco argentino. Por su parte, Melero se ofrecía en todos los avisos del Expreso imaginario que hubiera, aunque pidieran trompetistas. Al momento, no tenía ninguna formación estricta con ningún instrumento. Uno de los tantos avisos a los que respondió Melero era de Richard Coleman, que en los tiempos libres que le dejaba la carrera de Física, tocaba en varios pequeños grupitos de garage. (Coleman luego se uniría a Soda Stereo, Daniel Melero mediante). Si bien Melero no tenía pericia alguna frente a los teclados, sí dejaba entrever una creatividad inusitada y un oído increíblemente informado para la época. Melero ya sabía quienes eran los Ultravox, Brian Eno, y los discos de los géneros más novedosos que a alguien se le pudieran ocurrir. Ulises Butrón, en tanto, tuvo el extraño e histórico rol de vaso conductor entre Melero y Cerati. Así, llevado por Butrón, Melero apareció un día en la sala de ensayo de un grupo que recién se armaba: Soda Stereo. Poco se sabe sobre que paso ese día, que se dijeron Cerati y Melero, pero sin dudas, allí, se instaló una sociedad que duraría algunas largos años más. Dice Cerati al respecto: “Melero apareció locuaz, como es él, y nos dijo elogios muy impresionantes. Y lo escuchabas tocar y decías: ‘este tipo no puede tocar una sola nota’. Sin embargo, lo hacía bien, y su presencia era importante”.
Mientras tanto, Cerati trabajaba con Lois y Bosio en publicidad. Su única cuenta fue la de una casa velatoria, para la que idearon un colectivo funerario para que trasladara al féretro y a todos los familiares del deudo al entierro en un mismo vehiculo. Luego del estrepitoso fracaso de tan arrumbada idea, no quedo otra que empezar a salir a tocar con el grupo. Lois se ocupaba de la puesta, los Soda ya eran tres y por momentos acompañaban amigos en el escenario: a veces Ulises Butrón (que salía con Isabel de Sebastián –futura compositora de la canción En camino junto a Cerati-, que trabajaba con Vivi Tellas, que a su vez, salía con Melero), otras Coleman y a veces, Melero mismo. En uno de los primeros shows del grupo en el pub Zero, al terminar su set, Melero y Cerati queman toda la escenografía hecha con papel de diarios por Alfredo Lois. Se proclama allí, frente a un publico de notables entre los que se contaba Federico Moura (que queda maravillado por el talento y la ambigüedad del jovencito Cerati) el Sodazo, símil artístico y underground del Alfonsinazo que empezaba a vivir la Argentina de posguerra.-
(Se sobreentiende que la serie carece de cualquier rigurosidad histórico-testimonial. Se trata, más bien, de un rejunte de recuerdos, anécdotas y entrevistas oídas a medias, permeadas por la idolatría y el capricho del narrador. Todo lo que se cuenta pudo haber sido así, o no.)