
La solución es clara: si el hijo es foucaultiano debe publicar el inédito; si no cree en la muerte del autor, debe usarlo para su próximo asado.

La solución es clara: si el hijo es foucaultiano debe publicar el inédito; si no cree en la muerte del autor, debe usarlo para su próximo asado.
Aparentemente, en la primer clase de sus cursos sobre literatura rusa en Estados Unidos, Nabokov hacia una breve apostilla sobre la literatura soviética. El texto que transcribo a continuación, era una pagina suelta, con el numero 18, que apareció colocada al principio de la carpeta -a modo de introducción- donde Nabokov guardaba sus clases-ensayos (escribía las clases y las leía en el aula, casi casi de corrido). El tono es incendiario, de una mala leche y una incorrección ideológica fulgurantes. Sin embargo, como casi todo lo que escribió Nabokov, tiene un magnetismo increíble.
Algunos afirman que el tipo escribía con esta saña producto del resentimiento que le tenía a ese régimen que le quito sus posesiones (una vida y una educación acomodada, en su adorada San Petersburgo) y asesino a su padre en el exilio. A mi esa explicación mucho no me interesa. Había una cosa existencial en Nabokov contra la URSS, no un simple deseo de venganza.
Querían polémica, acá la tienen. Quien sabe que será de mi reputación. Si casi sin decir nada, se me ha tildado de “derechozo”, o más sutilmente: “liberal bien-pensante”, quién sabe que dirán de mi después de semejante post. Los dejo con Nabokov:
Es difícil abstenerse de ese respiro que es la ironía, de ese lujo que es el desprecio, cuando se pasa la vista por la ruina a que unas manos sumisas, tentáculos obedientes guiados por el abotargado pulpo del Estado, han conseguido reducir cosa tan fiera, tan caprichosa y libre como es la literatura. Aún más: yo he aprendido a atesorar mi repugnancia, porque sé que reaccionando tan vivamente conservo lo que puedo del espíritu de la literatura rusa. Después del derecho a crear, es el derecho a criticar el don más valioso que la libertad de pensamiento y de expresión puede ofrecer. Ustedes, que viven en libertad, en ese campo abierto espiritual donde nacieron y se criaron, acaso tenderán a ver, en las historias de una vida carcelaria que les llegan de tierras lejanas, las noticias exageradas que va sembrando el fugitivo sin aliento. Un pueblo para el cual escribir libros y leerlos es sinónimo de tener y expresar opiniones personales, juzgará inverosímil que exista un país donde hace casi un cuarto de siglo la literatura no tiene otra función que la de ilustrar los anuncios de una empresa de tráfico de esclavos. Pero aunque no crean ustedes en la existencia de semejantes condiciones, podrán al menos imaginarlas, y una vez que las hayan imaginado apreciarán, con otra pureza y otro orgullo, el valor de los libros de verdad, escritos por hombres libres para hombres libres que los lean.-