Perón-Perón

Ayer vi una pintada de una P dentro de una V y tuve automáticamente un flashback a un momento particular de la infancia. Sería por el ’76 porque mi papá todavía tenía el DKW blanco. Volvíamos de la casa de mi abuela en el auto. Era una fría noche invernal y los vidrios estaban empañados del lado de adentro. No pude resistir la tentación de escribir algo. Escribí la P dentro de la V. No terminé de despegar el dedo del vidrio que mi papá empezó a gritar, desesperado. Borrá eso, borrá eso, Silvia—se dirigió a mi mamá—que borre eso, por favor. Yo preguntaba por qué, pero no había otra respuesta que borrá borrá. Entonces supe que era imperioso hacerle caso a mis padres y así lo hice. Pero no porque papá estuviera molesto. Muchas veces se ponía molesto por cualquier pavada. Esa vez no estaba enojado, estaba asustado.

Me quedé mirando el borrón, como una ventana a la noche. Estaríamos llegando, porque ya habíamos dejado atrás la ruta 8 y se veían las casas bajas de un barrio por el hueco desempañado. Entonces pregunté otra vez. Y la respuesta que aún recuerdo era algo así: porque Isabelita está presa y a la policía no le gusta la gente que simpatiza con personas presas. Entonces las cosas se ponían cada vez más confusas para mí. ¿Por qué Isabelita estaba presa? ¿Era mala?, seguí preguntando. Y, mirá—dijo mi padre—hasta que no se sepa si es buena o es mala, mejor no andar escribiendo esas cosas. Intuí que algo serio habría en todo ese asunto y que a partir de ese momento yo debía aceptar un pacto silencioso. Aún con la contradicción a cuestas, porque a los seis años yo creía que la policía era buena.

También recuerdo, debía tener tres años porque fue festejando el triunfo de la fórmula Perón-Perón, cuando me llevaron a la Plaza donde vendían unos juguitos de naranja con un envase esférico de plástico transparente que imitaba una naranja. Yo saltaba y gritaba I-sa-belita, I-sa-belita. Entonces, para mí ella era buena también, como la policía. Además, después a los cinco, su nombre fue mi favorito para un entretenimiento lingüístico que practicaba con frecuencia: repetir una palabra hasta que se desprendiera de su significado y no fuera para mí más que un sonido extraño. “Isabelita” era divertido porque antes de convertirse en sonido vacío, primero pasaba por ser una velita de cumpleaños.

El pacto de silencio, que empezó esa noche, duró hasta poco después de la guerra de Malvinas, cuando mi madre nos sentó en el living a mi hermana y a mí y nos lo contó todo. Mientras duró, varias veces encontré, escondidas aquí y allí en los rincones de mi escuela, diminutas pes sobre ves. Recuerdo que disimulaba mientras las observaba y sentía que guardaban algo fuerte y poderoso.

VI

1 Respuesta a “Perón-Perón”


  1. 1 Juan Pablo 31, Marzo, 2008 a las 6:40 pm

    Mi hiciste acordar a mí, que me pasó algo similar.
    Era pendex e iba por las calles pintando la P sobre la V…
    Mis viejos no entendían porqué hacía eso así que me lo preguntaron.
    Yo tranquilo les respondí: Viva Pablo!


Escribe un comentario