Una foto de mis primeras vacaciones ha dejado testimonio de mi primer novio. Los recuerdos que me quedan de ese nene ―a cuyo lado poso sonriente, los arroyos de las sierras cordobesas de fondo, en blanco y negro― rescatan su nombre y muchas escenas relacionadas con él. Sin embargo, de él no tengo más imagen que la fotografía.
Me acuerdo de su padre; de cuando fuimos con el mío a pedirle permiso para que dejara a Sergio pasar el día con nosotros. Su casa era humilde, con cortinas de cintas plásticas, igualitas a la que había en la carnicería de mi barrio, que dejaban pasar el fresco pero no las moscas. Un sillón de mimbre en la puerta y un papá canoso y pelado, con gorra. Estaba en cueros o con una camiseta musculosa blanca y bermudas caqui. Fumaba pipa.
―¿Puede venir Sergio a dar una vuelta? ―mi papá hacía el trámite de conseguirme un amigo.
―Cómo no. ― el papá de Sergio mordía la pipa sin humo.
Yo estaba contenta, feliz, enamorada. Aún cuando Sergio, creo ahora, no pensaba que yo fuera su novia.
Nos fuimos de picnic, cruzamos el arroyo por un pasaje con piedras, como en los dibujos animados. Mamá, papá, mi hermana, Sergio y otra familia más: amigos de mis padres que nos habíamos encontrado por ahí de casualidad. De la otra familia sólo recuerdo el nombre de Rogelio. Me llamaba la atención: Rogelio no era pelirrojo aunque para mí su nombre significara rojo. Mi papá y Rogelio hablaban de Perón y del encuadramiento.
Compañeros del encuadramiento.
Yo me hacía al encuadramiento como una figura geométrica. Rogelio tendría que ser rojo y cuadrado.
Regresar fue complicado, accidentado. El arroyo había crecido y las piedras se habían borrado. La corriente era fuerte y yo me caí. O alguien se cayó. Me gusta imaginar que el agua se llevó nuestra canasta de picnic. Se la llevó igual que si se hubiese llevado una canastita con Moisés adentro.
En la casa que alquilábamos ―donde nos esperaban mi abuela, mi tía y mi prima― había un moisés para mi prima, que era un bebé. La casa no tenía puertas en su interior y la intimidad se resguardaba con cortinas.
En esas vacaciones mi abuela hizo dulce de leche casero y vi una vaca en vivo y en directo por primera vez. El dulce de leche era exquisito. El dulce de leche me cayó mal. El dulce de leche me gustaba pero no lo podía comer. Pero cuando volvíamos del picnic el río se había llevado la canasta con dulce de leche y todo.
A la tarde fuimos a la ciudad a ver el museo de cera. Había gauchos y chinas de cera. Los gauchos llevaban botas con espuelas. Sergio me dijo que las espuelas eran rueditas con las que los muñecos se desplazaban cuando cerraban el museo. A la noche tuve una pesadilla. No recuerdo si con las espuelas o con un sapo que hablaba. Seguramente fue con ambas cosas.
Desperté del sueño del sapo y revolucioné el sueño de todos. Mi papá me explicó un centenar de veces que las espuelas eran para hacer que el caballo galopara más rápido pero yo no le creía. Mi abuela me dio un antídoto para las pesadillas. Antes de dormirme yo tenía que decir: “Virgencita, virgencita, haceme soñar cosas lindas”. Me lo repetí varias veces hasta que olvidé las espuelas y me dormí. Volví a hacer uso de él en otras oportunidades de mi vida. Creo que hasta que decidí que la virgencita no existía.
Esas vacaciones habrán durado quince días porque a mi papá no le daban más días que esos en el trabajo. Sin embargo yo las recuerdo todas en un día, sólo un día con Sergio y el permiso del padre, con arroyo y sus piedras y un Rogelio rojo y cuadrado, con accidente, con museo, con vacas en vivo y dulce de leche y pesadillas. Sólo un día, con foto y todo.
VI