Impulsividad

Un dia de estos me voy asumir Nabokoviano de derecha y se van a ir todos a la concha de su madre…

D.-

Perón-Perón

Ayer vi una pintada de una P dentro de una V y tuve automáticamente un flashback a un momento particular de la infancia. Sería por el ’76 porque mi papá todavía tenía el DKW blanco. Volvíamos de la casa de mi abuela en el auto. Era una fría noche invernal y los vidrios estaban empañados del lado de adentro. No pude resistir la tentación de escribir algo. Escribí la P dentro de la V. No terminé de despegar el dedo del vidrio que mi papá empezó a gritar, desesperado. Borrá eso, borrá eso, Silvia—se dirigió a mi mamá—que borre eso, por favor. Yo preguntaba por qué, pero no había otra respuesta que borrá borrá. Entonces supe que era imperioso hacerle caso a mis padres y así lo hice. Pero no porque papá estuviera molesto. Muchas veces se ponía molesto por cualquier pavada. Esa vez no estaba enojado, estaba asustado.

Me quedé mirando el borrón, como una ventana a la noche. Estaríamos llegando, porque ya habíamos dejado atrás la ruta 8 y se veían las casas bajas de un barrio por el hueco desempañado. Entonces pregunté otra vez. Y la respuesta que aún recuerdo era algo así: porque Isabelita está presa y a la policía no le gusta la gente que simpatiza con personas presas. Entonces las cosas se ponían cada vez más confusas para mí. ¿Por qué Isabelita estaba presa? ¿Era mala?, seguí preguntando. Y, mirá—dijo mi padre—hasta que no se sepa si es buena o es mala, mejor no andar escribiendo esas cosas. Intuí que algo serio habría en todo ese asunto y que a partir de ese momento yo debía aceptar un pacto silencioso. Aún con la contradicción a cuestas, porque a los seis años yo creía que la policía era buena.

También recuerdo, debía tener tres años porque fue festejando el triunfo de la fórmula Perón-Perón, cuando me llevaron a la Plaza donde vendían unos juguitos de naranja con un envase esférico de plástico transparente que imitaba una naranja. Yo saltaba y gritaba I-sa-belita, I-sa-belita. Entonces, para mí ella era buena también, como la policía. Además, después a los cinco, su nombre fue mi favorito para un entretenimiento lingüístico que practicaba con frecuencia: repetir una palabra hasta que se desprendiera de su significado y no fuera para mí más que un sonido extraño. “Isabelita” era divertido porque antes de convertirse en sonido vacío, primero pasaba por ser una velita de cumpleaños.

El pacto de silencio, que empezó esa noche, duró hasta poco después de la guerra de Malvinas, cuando mi madre nos sentó en el living a mi hermana y a mí y nos lo contó todo. Mientras duró, varias veces encontré, escondidas aquí y allí en los rincones de mi escuela, diminutas pes sobre ves. Recuerdo que disimulaba mientras las observaba y sentía que guardaban algo fuerte y poderoso.

VI

Carta a mis amigos

Hoy se cumplen tres meses de la muerte de mi hija, María Victoria, después de un combate con las fuerzas del Ejército. Sé que la mayoría de aquellos que la conocieron la lloraron. Otros, que han sido mis amigos o me han conocido de lejos, hubieran querido hacerme llegar una voz de consuelo. Me dirijo a ellos para agradecerles pero también para explicarles cómo murió Vicki y por qué murió.

    El comunicado del Ejercito que publicaron los diarios no difiere demasiado, en esta oportunidad, de los hechos. Efectivamente, Vicki era Oficial 2º de la Organización Montoneros, responsable de la Prensa Sindical, y su nombre de guerra era Hilda. Efectivamente estaba reunida ese día con cuatro miembros de la Secretaría Política que combatieron y murieron con ella.

    La forma en que ingresó en Montoneros no la conozco en detalle. A la edad de 22 años, edad de su probable ingreso, se distinguía por decisiones firmes y claras. Por esa época empezó a trabajar en el Diario “La Opinión” y en un tiempo muy breve se convirtió en periodista. El periodismo no le interesaba. Sus compañeros la eligieron delegada sindical. Como tal debió enfrentar en un conflicto difícil al director del diario, Jacobo Timerman, a quien despreciaba profundamente. El conflicto se perdió y cuando Timerman empezó a denunciar como guerrilleros a sus propios periodistas, ella pidió licencia y no volvió más.

    Fue a militar a una villa miseria. Era su primer contacto con la pobreza extrema en cuyo nombre combatía. Salió de esa experiencia convertida a un ascetismo que impresionaba. Su marido, Emiliano Costa, fué detenido a principios de 1975 y no lo vio más. La hija de ambos nació poco después. EL último año de mi hija fue muy duro. El sentido del deber la llevó a relegar toda gratificación individual, a empeñarse mucho más allá de sus fuerzas físicas. Como tantos muchachos que repentinamente se volvieron adultos, anduvo a los saltos, huyendo de casa en casa. No se quejaba, sólo su sonrisa se volvía un poco más desvaída. En las últimas semanas varios de sus compañeros fueron muertos: no pudo detenerse a llorarlos. La embargaba una terrible urgencia por crear medios de comunicación en el frente sindical que era su responsabilidad.

    Nos veíamos una vez por semana; cada quince días. Eran entrevistas cortas, caminando por la calle, quizás diez minutos en el banco de una plaza. Hacíamos planes para vivir juntos, para tener una casa donde hablar, recordar, estar juntos en silencio. Presentíamos, sin embargo, que eso no iba a ocurrir, que uno de esos fugaces encuentros iba a ser el último, y nos despedimos simulando valor, consolándonos de la anticipada pérdida.

    Mi hija estaba dispuesta a no entregarse con vida. Era una decisión madurada, razonada. Conocía, por infinidad de testimonios, el trato que dispensan los militares y marinos a quienes tienen la desgracia de caer prisioneros: el despellejamiento en vida, la mutilación de miembros, la tortura sin límite en el tiempo ni en el método, que procura al mismo tiempo la degradación moral, la delación. Sabía perfectamente que en una guerra de esas características, el pecado no era hablar, sino caer. Llevaba siempre encima la pastilla de cianuro -la misma con la que se mató nuestro amigo Paco Urondo-, con la que tantos otros han obtenido una última victoria sobre la barbarie.

    El 28 de septiembre, cuando entró en la casa de la calle Corro, cumplía 26 años. Llevaba en sus brazos a su hija porque en último momento no encontró con quién dejarla. Se acostó con ella, en camisón. Usaba unos absurdos camisones largos que siempre le quedaban grandes.

    A las siete del 29 la despertaron los altavoces del Ejército, los primeros tiros. Siguiendo el plan de defensa acordado, subió a la terraza con el secretario político Molina, mientras Coronel, Salame y Beltrán respondían al fuego desde la planta baja. He visto la escena con sus ojos: la terraza sobre las casas bajas, el cielo amaneciendo, y el cerco. El cerco de 150 hombres, los FAP emplazados, el tanque. Me ha llegado el testimonio de uno de esos hombres, un conscripto: “El combate duró más de una hora y media. Un hombre y una muchacha tiraban desde arriba, nos llamó la atención porque cada vez que tiraban una ráfaga y nosotros nos zambullíamos, ella se reía.”

    He tratado de entender esa risa. La metralleta era una Halcón y mi hija nunca había tirado con ella, aunque conociera su manejo, por las clases de instrucción. Las cosas nuevas, sorprendentes, siempre la hicieron reír. Sin duda era nuevo y sorprendente para ella que ante una simple pulsación del dedo brotara una ráfaga y que ante esa ráfaga 150 hombres se zambulleran sobre los adoquines, empezando por el coronel Roualdes, jefe del operativo.

    A los camiones y el tanque se sumó un helicóptero que giraba alrededor de la terraza, contenido por el fuego.

    “De pronto -dice el soldado- hubo un silencio. La muchacha dejó la metralleta, se asomó de pie sobre el parapeto y abrió los brazos. Dejamos de tirar sin que nadie lo ordenara y pudimos verla bien. Era flaquita, tenía el pelo corto y estaba en camisón. Empezó a hablarnos en voz alta pero muy tranquila. No recuerdo todo lo que dijo. Pero recuerdo la última frase, en realidad no me deja dormir. -Ustedes no nos matan -dijo-, nosotros elegimos morir. Entonces ella y el hombre se llevaron una pistola a la sien y se mataron enfrente de todos nosotros.”

    Abajo ya no había resistencia. El coronel abrió la puerta y tiró una granada. Después entraron los oficiales. Encontraron una nena de algo más de un año, sentadita en una cama, y cinco cadáveres.

    En el tiempo transcurrido he reflexionado sobre esa muerte. Me he preguntado si mi hija, si todos los que mueren como ella, tenían otro camino. La respuesta brota desde lo más profundo de mi corazón y quiero que mis amigos la conozcan. Vicki pudo elegir otros caminos que eran distintos sin ser deshonrosos, pero el que eligió era el más justo, el más generoso, el más razonado. Su lúcida muerte es una síntesis de su corta, hermosa vida. No vivió para ella, vivió para otros, y esos otros son millones. Su muerte sí, su muerte fue gloriosamente suya, y en ese orgullo me afirmo y soy quien renace de ella.

    Esto es lo que quería decirle a mis amigos y lo que desearían que ellos transmitieran a otros por los medios que su bondad les dicte.

Rodolfo Walsh [29.12.1976]

Sierras de Córdoba, 1975

Una foto de mis primeras vacaciones ha dejado testimonio de mi primer novio. Los recuerdos que me quedan de ese nene ―a cuyo lado poso sonriente, los arroyos de las sierras cordobesas de fondo, en blanco y negro― rescatan su nombre y muchas escenas relacionadas con él. Sin embargo, de él no tengo más imagen que la fotografía.

Me acuerdo de su padre; de cuando fuimos con el mío a pedirle permiso para que dejara a Sergio pasar el día con nosotros. Su casa era humilde, con cortinas de cintas plásticas, igualitas a la que había en la carnicería de mi barrio, que dejaban pasar el fresco pero no las moscas. Un sillón de mimbre en la puerta y un papá canoso y pelado, con gorra. Estaba en cueros o con una camiseta musculosa blanca y bermudas caqui. Fumaba pipa.
 
―¿Puede venir Sergio a dar una vuelta? ―mi papá hacía el trámite de conseguirme un amigo.

―Cómo no. ― el papá de Sergio mordía la pipa sin humo.

Yo estaba contenta, feliz, enamorada. Aún cuando Sergio, creo ahora, no pensaba que yo fuera su novia.

Nos fuimos de picnic, cruzamos el arroyo por un pasaje con piedras, como en los dibujos animados. Mamá, papá, mi hermana, Sergio y otra familia más: amigos de mis padres que nos habíamos encontrado por ahí de casualidad. De la otra familia sólo recuerdo el nombre de Rogelio. Me llamaba la atención: Rogelio no era pelirrojo aunque para mí su nombre significara rojo. Mi papá y Rogelio hablaban de Perón y del encuadramiento.
Compañeros del encuadramiento.
Yo me hacía al encuadramiento como una figura geométrica. Rogelio tendría que ser rojo y cuadrado. 

Regresar fue complicado, accidentado. El arroyo había crecido y las piedras se habían borrado. La corriente era fuerte y yo me caí. O alguien se cayó. Me gusta imaginar que el agua se llevó nuestra canasta de picnic. Se la llevó igual que si se hubiese llevado una canastita con Moisés adentro.

En la casa que alquilábamos ―donde nos esperaban mi abuela, mi tía y mi prima― había un moisés para mi prima, que era un bebé. La casa no tenía puertas en su interior y la intimidad se resguardaba con cortinas.

En esas vacaciones mi abuela hizo dulce de leche casero y vi una vaca en vivo y en directo por primera vez. El dulce de leche era exquisito. El dulce de leche me cayó mal. El dulce de leche me gustaba pero no lo podía comer. Pero cuando volvíamos del picnic el río se había llevado la canasta con dulce de leche y todo.

A la tarde fuimos a la ciudad a ver el museo de cera. Había gauchos y chinas de cera. Los gauchos llevaban botas con espuelas. Sergio me dijo que las espuelas eran rueditas con las que los muñecos se desplazaban cuando cerraban el museo. A la noche tuve una pesadilla. No recuerdo si con las espuelas o con un sapo que hablaba. Seguramente fue con ambas cosas.

Desperté del sueño del sapo y revolucioné el sueño de todos. Mi papá me explicó un centenar de veces que las espuelas eran para hacer que el caballo galopara más rápido pero yo no le creía. Mi abuela me dio un antídoto para las pesadillas. Antes de dormirme yo tenía que decir: “Virgencita, virgencita, haceme soñar cosas lindas”. Me lo repetí varias veces hasta que olvidé las espuelas y me dormí. Volví a hacer uso de él en otras oportunidades de mi vida. Creo que hasta que decidí que la virgencita no existía.

Esas vacaciones habrán durado quince días porque a mi papá no le daban más días que esos en el trabajo. Sin embargo yo las recuerdo todas en un día, sólo un día con Sergio y el permiso del padre, con arroyo y sus piedras y un Rogelio rojo y cuadrado, con accidente, con museo, con vacas en vivo y dulce de leche y pesadillas. Sólo un día, con foto y todo.

VI

Decálogo de la mala crítica

1. De un libro sólo se habla para explicarle al autor cómo debiera haberlo escrito. Privilegiar siempre lo negativo.
2. La crítica es el espacio ideal para ajustar cuentas con ese otro crítico al que invitaron al congreso en Acapulco en vez de invitarme a mí. Los escritores son piezas de ajedrez en ese juego. Los escritores de mi rival son una porquería; los míos, unos genios. Cualquier encono o teoría literaria o política sirve para dividir la literatura argentina.
3. No informar nunca al lector. Aburrirlo siempre. No analizar nada.
4. Los cheques se leen, los libros se hojean. No caer en el error de creer que un libro puede portar ideas y expresar tendencias. No descubrirlas, no sintetizarlas, no comunicarlas.
5. Publicar recensiones incomprensiblemente memorables. Si alguien se acuerda del libro que quiero reseñar, es problema de él. Yo me acuerdo de Susana Giménez gritando “shock”; la marca de jabón qué me importa. (Y lavarme, menos.)
6. Dejar siempre en el tintero estupideces como a qué género pertenece el libro, qué calidad tiene, a qué público se dirige, y si es o no aburrido.
7. No hacer crítica si se pueden hacer entrevistas, pastillitas con chimentos, contar cuál es el vicio del escritor o publicar alguna foto.
8. No olvidar que siempre el chiste triunfa sobre la verdad, que todo puede ser dicho con conventillera malignidad.
9. La imparcialidad es la mejor excusa para no decir nada. La neutralidad será el disfraz de tu nulidad.
10. Aceptar todas las invitaciones de las grandes editoriales porque este rebusque de crítico me sirve sólo hasta que publique mi libro. Entonces, van a ver esos escritores pelandrunes lo que es literatura en serio.

Jorge Baron Biza

Ochenta(y tres)

Gustavo Cerati y Daniel Melero se conocieron muy a principios de los años 80. Cerati todavía estudiaba Publicidad en la Universidad del Salvador (y conformaba allí, un grupo lo suficientemente dispar como para llegar al estrellato, entre los que se contaban: Héctor Zeta Bosio, Carlos Alfonsín, Ramiro Agulla, Alfredo Lois y Mario Pergolini). Melero, por su parte, todavía vivía en la casa de sus padres en Flores, la que usaba a veces, para ensayar. A falta de recursos para comprar los equipos convencionales para hacer música electrónica, Melero hacia manualidades: grababa sonidos del lavarropas de su madre en cassettes TDK y luego cortaba y pegaba los pedazos de cinta. El loop estaba armado y sin tener que comprar un sintetizador Korg con bancos de memoria. Melero escuchaba todo el día Low de David Bowie, disco fundamental de muy finales de los 70s, que transformaría, entre otros discos, su forma de escuchar música. Al respecto, cuenta Melero: “A las fiestas iba con mis discos de Bowie, Eno y Roxy Music, y mis amigos no me dejaban ponerlos. Mucho después, inclusive cuando intentaba ser músico, tenía el mismo problema con la gente con la que me empezaba a juntar. Parece increíble, pero en el ‘80 o en el ‘81 aquí todavía se escuchaba a Genesis. Ningún amigo mío había oído a Eno en la década del ‘70. Cuando tuve Evening Star, en el ‘76, fue como si escuchara música por primera vez” Era difícil que en una escena tan pequeña como la del under porteño, Cerati y Melero no fueran a terminar cruzándose. Cerati quería armar un grupo hacia tiempo, escuchaba los primeros discos de Roxy Music y la New Wave extasiado, y quería trasladar esa impronta a un disco argentino. Por su parte, Melero se ofrecía en todos los avisos del Expreso imaginario que hubiera, aunque pidieran trompetistas. Al momento, no tenía ninguna formación estricta con ningún instrumento. Uno de los tantos avisos a los que respondió Melero era de Richard Coleman, que en los tiempos libres que le dejaba la carrera de Física, tocaba en varios pequeños grupitos de garage. (Coleman luego se uniría a Soda Stereo, Daniel Melero mediante). Si bien Melero no tenía pericia alguna frente a los teclados, sí dejaba entrever una creatividad inusitada y un oído increíblemente informado para la época. Melero ya sabía quienes eran los Ultravox, Brian Eno, y los discos de los géneros más novedosos que a alguien se le pudieran ocurrir. Ulises Butrón, en tanto, tuvo el extraño e histórico rol de vaso conductor entre Melero y Cerati. Así, llevado por Butrón, Melero apareció un día en la sala de ensayo de un grupo que recién se armaba: Soda Stereo. Poco se sabe sobre que paso ese día, que se dijeron Cerati y Melero, pero sin dudas, allí, se instaló una sociedad que duraría algunas largos años más. Dice Cerati al respecto: “Melero apareció locuaz, como es él, y nos dijo elogios muy impresionantes. Y lo escuchabas tocar y decías: ‘este tipo no puede tocar una sola nota’. Sin embargo, lo hacía bien, y su presencia era importante”.
Mientras tanto, Cerati trabajaba con Lois y Bosio en publicidad. Su única cuenta fue la de una casa velatoria, para la que idearon un colectivo funerario para que trasladara al féretro y a todos los familiares del deudo al entierro en un mismo vehiculo. Luego del estrepitoso fracaso de tan arrumbada idea, no quedo otra que empezar a salir a tocar con el grupo. Lois se ocupaba de la puesta, los Soda ya eran tres y por momentos acompañaban amigos en el escenario: a veces Ulises Butrón (que salía con Isabel de Sebastián –futura compositora de la canción En camino junto a Cerati-, que trabajaba con Vivi Tellas, que a su vez, salía con Melero), otras Coleman y a veces, Melero mismo. En uno de los primeros shows del grupo en el pub Zero, al terminar su set, Melero y Cerati queman toda la escenografía hecha con papel de diarios por Alfredo Lois. Se proclama allí, frente a un publico de notables entre los que se contaba Federico Moura (que queda maravillado por el talento y la ambigüedad del jovencito Cerati) el Sodazo, símil artístico y underground del Alfonsinazo que empezaba a vivir la Argentina de posguerra.-

(Se sobreentiende que la serie carece de cualquier rigurosidad histórico-testimonial. Se trata, más bien, de un rejunte de recuerdos, anécdotas y entrevistas oídas a medias, permeadas por la idolatría y el capricho del narrador. Todo lo que se cuenta pudo haber sido así, o no.)

Noventa(y dos)

Y ahora, como si estuviéramos en una cassettera o en un DVD, apretemos fast-foward (FF>>) y adelantemos la película, a 2x, 4x, 8x, 16x. Pasemos los ochentas, veamos en cámara súper rápida a Melero siendo agredido en BA Rock 82’ después de su set con Los Encargados, teloneando a Pappo. Veámoslo esquivar frutas, monedas, y todo objeto contundente que volara por el aire ese día. Y también veamos a Cerati, transpirado, desnudo, metido en la bañera con agua helada de la casa de sus padres, tratando de mitigar el efecto de la cocaína, pidiéndole a su madre que lo ayude, mientras ella llama al servicio de emergencias del Hospital Alemán. Y también veámoslo pidiéndole a una chica chilena que salga del ducto de aire del pasillo del Hotel Sheraton de Santiago de Chile, que se va a lastimar, o grabando discos en Estados Unidos y de gira por América; y veámoslo también a Melero, siempre todo en cámara súper rápida, recuerden, grabando su primer disco solista, solo en una ciudad que no conoce (New York) yendo todas las noches a una vieja discoteca que funciona en el South Bronx, en la que un DJ presenta un genero nuevo, al que le dicen algo así como House.
Y mientras la aceleración se detiene lentamente, mientras ingresamos en la (luego) demonizada década de los 90s, vemos a Cerati y a Melero, actuando juntos de nuevo, presentando Cámara (el segundo disco solista de Melero) en el planetario, con samplers y sintezidores a todo volumen, perfomances en video y un sonido impensado, que deslumbra a todo aquel que los mire. Y por fin la aceleración se detiene y volvemos a la velocidad de Play, al fluir normal de los acontecimientos y llegamos al verano de 1992 en Buenos Aires.
Mientras Cerati esta encerrado en un estudio junto a Daniel Melero, prefigurando lo que va a ser su primer disco en colaboración, el primer disco (y lamentablemente único, a la fecha) que ambos firmaran…muere su padre. Para Melero “el disco creció con esa realidad”, para Cerati refugiarse a grabar fue “lo mejor que tenia para paliar el dolor, porque lo que sentía era eso…mucho dolor”. Producto de esa realidad tan amargamente certera, Colores Santos se asume como un disco de quiebre. Es, sin lugar a dudas, uno de los discos capitales de principios de los 90s y Tu medicina*, una de las pocas canciones completamente escritas por Cerati de todo el disco (la gran mayoría de los temas llevan la firma Cerati-Melero), escrita justamente a propósito de la muerte de su padre, es quizás, la demostración más clara de esa afirmación. Dice Melero de Tu medicina: “cuando Gustavo vino con el embrión de esta canción, mucho tiempo atrás, no estaba la letra todavía, sentí que tenia sentido que grabáramos el disco, cuando escuche este tema
Para ambos, el disco tenia “como una carga de que, si no te gusta…es culpa tuya”. Y eso es un poco lo que se respira cuando uno escucha Colores Santos, esa cosa de que esto no puede no gustarte. Colores Santos es un disco de estudio, increíblemente trabajado en el encierro de un estudio, digamos. En la gestación del disco se usaron unas cuantas herramientas singulares, entre ellas, un banco de sonidos de los que se usaron el sonido de la caída de una moneda y el de una cuchara girando en un vaso, además del famoso diccionario artístico Gustavo, herramienta creada por Cerati una noche a mediados de los 80s cuando se sentó frente al diccionario de la Real Academia Española y en orden alfabético, escribió todas las palabras que le gustaban. Por su parte Melero llevo su propio cuaderno de notas, del que disparaba todo el tiempo frases que la cabeza de Cerati procesaba. El final del disco, esa canción homónima al titulo del disco, que es más bien un disparo de luz al infinito, y el punto más álgido de su trabajo en conjunto, anticipa el ocaso de la relación entre ambos, que se extiende solo algunos meses más, en la grabación del mítico penúltimo disco de estudio de Soda Stereo: Dynamo. Pero la relación no sigue, y nos deja, aun hoy, cuando todo esto suena ridículamente lejano, con unas cuantas dudas, un sabor amargo y con la nostalgia de algo que no tuvimos. Es, más bien: esa perla oscura, que es fruto del dolor y la duda. Pero mejor…mejor volvamos a los 80s.-

*Solo un apendice -como al que lleva el link- puede graficar con propiedad las multiples aristas que ataca Tu medicina

D.

Reflexiones de un amigo de la casa

La clase ilustrada no va a la cancha, juzga que es solo un ejercicio catártico de los iletrados cabeza para vociferar su resentimiento a los cuatro vientos: “referí hijoderemilputa, laconchatuma” y otras imprecaciones irrepetibles; ¿serán los comments el rectángulo de cal del resentimiento culto?
PS: ¿por qué no hacen una actividad conjunta, por ejemplo, un curso de anger managment?; o, ¿ir a la cancha?
JB
Auspician L&M, M&M, C&A, B&H

Oh! Fuckin juventud…

Dios! Otra mañana de mal humor. Escucho demasiadas voces. Sin embargo, novedad, esta vez no todas están en mi cabeza. Desde abajo alguien grita mi nombre poniendo leve énfasis en la A, prolongándola un par de segundos. Se me clava una estaca en el pecho, es mi madre. Oh man, tengo 23… ¿Qué carajo hago? ¿A quién recurrir? La grácil voz de Moura me dice que a la vida hay que hacerle el amor. Si tan solo pudiéramos hacer que la canción nos musicalice y el día nos baile.

A los 20 leí el libro de Rachel, de Martin Amis, y supongo que me marcó. Me pregunto si me volverá a pasar a los 40. Como sea, el narrador, verídico, escribe la noche de su vigésimo aniversario consciente de que nada va a ser lo mismo una vez que cumpla 20. Pura solemnidad, cierto, pero valga el gesto -subjetivo, parcial- de inventarse un acontecimiento de ese estilo para ser alguien después de todo (a quien no le gusta mentirse un poco). La idea es que después de los 20 de algo hay que hacerse cargo. ¿Por qué? Porque la mezcla se rompe y bueno, ya no podemos vivir asegurándonos a nosotros mismos, con soberbia infatuada. Todos esos gestos, esos momentos eternos donde, con nuestras alitas de colibrí creemos ser un overman, al traspasar la frontera se vuelven pura debilidad. Lo mas simple se vuelve intragable (unedible, unsquaffable, unswallowbable!). Nos preguntamos: ¿Cómo la felicidad y la insatisfacción podían convivir de esta manera? Y entonces pasamos del punk juvenil avasallante al shoegazing. Cabeza gacha y mucha distorsión. Ahora nos asumimos como un (pelotudo) mas, que no es poco, y tratamos de caminar por el medio. Porque ya no estamos para creérnosla y vivir justificando nuestro ego. Las vueltas de la vida. Es como cuando un tipo no te cae muy bien, pero te lo vendieron como un paradigma del éxito y de la realización (carismático, gracioso, inteligente). Dudas de una primera impresión que puede inluso ser de simpatía desinteresada y decís, apático, malgré toi, sí, es un buen tipo. Pero la verdad es que te cae mal, muy mal, pésimo! Hay que denunciarlo: ese tipo me cae mal! es un idiota! un imbécil! De la misma manera, forzando la sinceridad hasta el extremo, deshaciéndose de la mala fe, siguiendo la intuición, digo, o mas bien quisiera decir, que son muchas cosas. Muchas qué? Muchas cosas que se meten bajo la alfombra. Y eso se denuncia! Que años de la vida de un bourgeois bigotudo-ojerudo puedan salir de una magdalena sumergida en una tasa de té. Se denuncia! Nos denunciamos.

Y hace un rato miraba estos videos ¿Cómo estaba? Este es uno de los puntos a descifrar, porque no sé bien cómo estaba. Pero cuando miraba me pregunté ¿Qué carajo es un overman? ¿Y ustedes se creian cool? Quizás ya no necesitamos a Friedrich.

S

Ochenta(y uno)

A principios de los años 80 en la Argentina, se sabe, la difusión de música en inglés estaba prohibida. El trastorno de la escena argentina fue tal, que posibilitó una segunda (e innecesaria) arremetida del régimen dinosáurico del rock de los 70s. Solo algunos pocos discos valorables del ámbito nacional pudieron capitalizar la prohibición y el extraño estado de situación. Entre ellos, Yendo de la cama al living, de Charly García (conocido por el ser el primer disco de factura nacional completamente grabado con baterías electrónicas).
Aquellos renegados que se negaban a la imposición de sonidos por parte del estado, contaban con un pequeño puñado de opciones: someterse al flaquísimo mercado discográfico nacional de música extranjera (ninguna compañía iba a tener la oximorónica idea de editar un disco que tenía su difusión prohibida); recurrir a la primitiva copia cassette, que derivó luego, en plena primavera alfonsinista, en proyectos sumamente interesantes como el sello/red de trafico de música Catálogo incierto, dirigido por Daniel Melero (A propósito, dice Melero: “Los cassettes de Catálogo Incierto se vendían como se vendería droga en una esquina. Elegir ser ilegal; elegir el problema como tu virtud; esa era la cuestión”). Pero, en definitiva, esta variante dependía de la última de las opciones posibles: el contrabando de discos importados desde Brasil y Chile. Contadas anécdotas hay sobre camioneros cruzando pasos fronterizos con cajas sin rotular conteniendo vinilos de Ultravox, Bowie, XTC, Cocteau twins, Joy division, The cure, entre muchos otros. Mendoza de repente, por su proximidad con la capital trasandina, se convirtió en cita obligada para los oyentes anglo porteños. El disco en inglés se convirtió en un producto preciado, caro y difícil de conseguir. Algo así como un cartón de Dunhill o Gauloises.
Ya sea porque los discos eran lo suficientemente buenos como para valer el esfuerzo, o porque valía la pena escuchar y re-escuchar hasta el cansancio esos discos que habían sido tan difíciles de conseguir, la generación de los primeros 80s tuvo un oído particularmente atento para los nuevos sonidos. Los curiosos e inquietos oyentes afinaron y refinaron sus oídos. Todos los discos importantes de esa época, circularon en la Argentina de ese modo. Pettinato, en uno de esos artículos suyos que aparecen cada tanto y que en general aburren por su insistencia en la mística de los 80s, dice: “¡De pronto aparecían los Cocteau Twins y amanecías en la casa de Cerati, con el que habías hablado a las once de la noche y terminabas ahí inmóvil, aplanado por un sonido que te parecía invencible, subyugado por una tapa que bien podría ser tan sólo una mancha de un pocillo de café aumentada 100 veces! …y Cerati caminaba por la habitación en forma discontinua. De pronto estaba en un lugar y, como si faltaran cuadros a la película, aparecía en otro. Creo que hoy hacen eso muy bien con las películas posmodernas inglesas.” El párrafo, a pesar de ser misticista en demasía, bien vale para retratar un estado de situación: Los discos se escuchaban en el encierro, y solo algunos privilegiados conseguían algunos discos.
Melero y Cerati no aparecen aquí por mero capricho del autor (o sí), sino más bien por ser verdaderas usinas del under porteño. Si bien los apellidos más afamados de estos primeros años coinciden con los de los tres famosos muertos de los 80s: Moura, Abuelo y Prodan (y me permito esta pequeña digresión: todos tenemos un muerto preferido de los ochentas ¿cuál es el tuyo?), la marca Meleristico-Ceratiana sigue impresa (a fuego, en mi humilde entender) en la impronta del rock argentino actual. Y esto no tiene que ver con cuan buen músicos e interpretes hayan sido Melero y Cerati respectivamente, sino más bien con cuan buen oyentes han sido…de hecho los primeros ochentas no dejaban ver todavía las cualidades de Cerati y Melero como interpretes, pero bien vale aclarar que sí los había confirmado como oyentes privilegiados, verdaderos faros en los que guiarse en la penumbrosa neblina del rock de los 80s.-


(El texto anterior pertenece a una serie más larga sobre los años ochenta en la Argentina, que puede que aparezca o no, en lo sucesivo.)

D.

no importa quién habla

acá, en este reducto de principiantes que se retuerce ante lo desconocido conceptualizandolo, etiquetandolo con piruetas que se escudan detrás de la “libertad”, el “saber”, la “jovialidad eterna”. en este espacio en blanco, que vaya uno a saber por qué parece necesario llenar: como si tuvieramos algo que decir, nuevos puntos que conectar hasta saturarnos, nuevos placebos para nuestra decadencia prematura.

solo acá cobra sentido intentarlo, quizá con vergüenza, bajito, con una mueca de complicidad: esto es una mierda.

y por eso mismo, me pienso quedar

VM

Quit

Me voy de los plagiarios, alguien aquí anoche suprimió mi última entrada.* No da, nunca pensé que entre pares alguno me fuera a censurar (o, evidentemente, hay alguien aquí que no se considera un par sino más arriba que el resto, un editor de facto, lo cual tampoco me agrada).

Finalmente las palabras de Ainaya resultaron proféticas.

Saludos,

Simón.

*la entrada, polémica por cierto, era “Los plagiarios es una mierda”

Woody

 

Um, tsch — it’s, uh … well, it has to be optimistic. Well, all right, why is life worth living? That’s a very good question. Um. Well, there are certain things I — I guess that make it worthwhile. Uh, like what? Okay. Um, for me … oh, I would say … what, Groucho Marx, to name one thing … uh ummmm and Willie Mays, and um, uh, the second movement of the Jupiter Symphony, and ummmm … Louie Armstrong’s recording of “Potatohead Blues” … umm, Swedish movies, naturally … ¨Sentimental Education¨ by Flaubert … uh, Marlon Brando, Frank Sinatra … ummm, those incredible apples and pears by Cezanne … uh, the crabs at Sam Wo’s … tsch, uh, Tracy’s face …

  

S

s/t

La fe cristiana y la voluntad de poder son una y la misma cosa, y quien diga lo contrario ignora completamente el problema de la justificación de los contextos de verdad.

Llegados a la última instancia, la del fundamento, toda la cuestión rota sobre quién dice; allí fe y voluntad de poder son indistinguibles.

Simón

Quiero una Joy Division

   Si admitimos que una de las máximas que rigen nuestra cotidianeidad, sorpresiva en su ligereza y juego irónico, verdaderamente mozartiana en su estilo donjuanesco y digna de un esteta mallarmeano (inclusive capaz de abolir los espejismos del amor), es aquella que prescribe nunca olvidarse de Emilio (y de que esto esta lleno de ninjas) evidentemente (el elemento que lo lleva detrás) prescribe reconocer que no somos capaces de cultivar un epicureísmo sutilizado. Aquella doctrina que ciertamente convendría a nuestros nervios cerebrales se ve constantemente opacada por ese daemon que nos susurra que las cosas nunca, nunca son simples y que alguien (posiblemente uno mismo) se puede llegar a esmerar para que todo vaya mal. Hablo sencillamente del demonio de la neura. Lo conocen? El famoso sabotaje a la felicidad. Palabras certificadoras que nunca tardan en llegar (2 semanas aproximadamente) y que en su efímera aparición nos obligan a jugar muy bien contra nosotros mismos. Preguntas para entretener la conciencia, sintetizadas en aquel magnifico estribillo Franz  Ferdineano: Are you having a happy life, if you did the things you like?

Cuando se llega a ciertas intensidades y todo adquiere sentido, demasiado para un cerebro normal,  el delirio interpretativo  y el angustión están “a la mano” como diría Heidegger. Sin embargo (habrá algún placer en la vida sin embargo?) podemos disponernos a luchar hasta las ultimas consecuencias. Armarse una Joy Division y empezar a conocerse con fingimiento y táctica. Dejar de saber con la ventaja intelectual de la certidumbre y entregarse al Uno. De lo contrario es como constatar en medio de la pista de baile que dentro de cien años habrá un recambio total de la población mundial y que todas esas “chicas modernas” van a estar muertas. O descubrir mientras armamos una cama que existe una metafísica de las tuercas (si te dicen para la izquierda, que lado es? pura intuición a posteriori). Imposible vivir si todos los días son domingo. Lo que significa que la apuesta disparatada al  consumismo, podría darnos en breve el placer -discutible, controversial- de adquirir un Rubick´s Cube o alguna cosa así, una Vespa, alguna poronga cara, tipo un ladrillo de porro, o una maquina de café.  Un poco de tontera, si total, la ideología es eterna. Hay que estar dispuesto. Aunque, como diría Ian Curtis, a veces “I have the spirit, but loose the feeling”. 

S
 

El futuro

Andreas Gursky - Roys ‘R’ Us, 20.2.2000.jpg

 

 

El arte contemporáneo busca desenfrenadamente construir las afecciones de los próximos años, exhibir en su paleta los sentimientos del futuro próximo. El porvenir del pensamiento se expresa hoy más que nunca a través de la imagen; pero pocos como Andreas Gursky pueden elaborar un concepto usando tan sólo bloques afectivos del presente inmediato.

El error sería confundir esta imagen con un paisaje: aquí no hay nada detrás de los cables telefónicos. Nada detrás de los grandes almacenes ni por debajo del pavimento que sugiera una perspectiva o una deriva del sentido. Pero sí hay una narrativa: el futuro, está ahí a la vista: Toyota, Toys ‘R’ Us.

Apuntes para una reseña literaria deconstruida (Epílogo)

Hacer una afirmación tajante sobre cualquier libro de Roth es como intentar escrutar esa increíble masa energética que son los agujeros negros. Resulta imposible. Y Exit Ghost no es nada, excepto eso, una constatación de esa afirmación.-

Deleuzeana (1)

Simón - Deriva
Simón – Deriva, 2007, 200 x 300cm. Copia color tipo C

deriva: movimiento incesante y a la vez impredecible, que no respeta patrones prefijados y que no ofrece garantías de arribar a buen puerto

Colón no viajó; estuvo a la deriva un par de meses en el mar hasta que se topó con una isla. Ahí se reterritorializó, y tomó posesión de las tierras en nombre de Dios y los reyes católicos. Pero esos meses en el mar —sin más compañía que un sextante, las estrellas y las cartas de navegación— fueron los meses más ateos de su vida.

Apuntes para una reseña literaria deconstruida (7)

Si hasta Julian Barnes, luego de una charla abierta en un célebre museo porteño hace unas horas, admite ante una accidentada re-pregunta de un joven tímido que se le acerca, que: “Aunque me gusta más su periodo intermedio (the counterlife, sobre todo) y no me gustan sus ultimas novelas -entre ellas, Exit ghost- debo decir que todo lo que salga de la pluma de Philip Roth es producto de una inteligencia y una creatividad sin precedentes“.-

 

Apuntes para una reseña literaria deconstruida (6)

Si Roth tuviera que reconocer haber llegado al parnaso de los novelistas americanos, debería reconocer tres grandes maestros: Faulker, Hemingway y Bellow (todos premios Nobel) Y todos ellos aparecen, de alguna u otra forma, en las páginas de Exit Ghost.-

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